Pequeña Cosa Curiosa

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Comparto una traducción de un cuento corto de terror que tradujé hace un par de meses que fue publicado hace un par de semanas en El Archifonema.

Pueden encontrar el texto original en la página del autor Kris Straub

Pequeña Cosa Curiosa 

Recientemente, un amigo se dio cuenta de un extraño hábito que tengo, un hábito que desarrollé hace más o menos un año. Mi amigo notó que cada vez que entraba a una habitación, cualquier habitación, yo cerraba la puerta mientras alejaba mi rostro de ella y mantenía mis ojos cerrados hasta escuchar el pasar del seguro. Sólo después de que la puerta estuviera completamente cerrada, me permitía abrir los ojos. Él insistió en el tema hasta que le conté donde había empezado este hábito.



Trabajo para una compañía de sellado en Saint Paul. Producimos barniz impermeable para madera expuesta al agua — muelle, botes, ese tipo de cosas. Escucharás probablemente que sellador impermeable es algo impronunciable en el área que comprende Ashland, Ichor Falls e Ironton, pero no todas las compañías de sellado fueron partes del infame “Verano Ethylor” (1) que devastó la economía local de los cincuentas. Fui enviado en un negocio a una zona industrial a las afueras de Ichor Falls.

Me registré en este sombrío hotel, el “Hotel Umbra”, cuya decoración parecía que no hubiera cambiado desde 1930. El tapiz del vestíbulo se había vuelto amarillo debido a décadas de humo de cigarrillo, y todo tenía una capa fina de polvo, incluso el viejo detrás de la recepción. Esperaba que mi habitación; en el cuarto piso, estuviera en mejor condición que el resto del hotel.

Siendo un lugar antiguo, el hotel tenía un elevador desvencijado, del que tienen dos juegos de puertas: una de esas puertas plegables de metal, y un sólido par de puertas exteriores. Cerré la puerta, pasé el cerrojo y presioné el pequeño botón negro que indicaba mi piso.

Justo en el momento en el que las puertas exteriores del elevador estaban a punto de cerrarse, me sobresalté con la cara de una joven apresurándose al espacio entre ellas. Muy tarde, las puertas se cerraron y pasado un instante, el elevador comenzó a ascender.

No le di mucha importancia, hasta que volví a usar el elevador para bajar de nuevo por una de mis maletas. Entré, presioné el botón para el vestíbulo, y me apoyé cansado en la pared contraria a las puertas. Éstas estaban a punto de cerrarse por completo cuando de nuevo, fui sorprendido por la cara de una chica moviéndose hacía el espacio entre las puertas, mirando el interior del elevador a través de las puertas, muy tarde para interponer su mano para detener que las puertas se cerrasen. Esta vez, me eché hacía adelante y mantuve presionado el botón de “Abrir Puerta”, y en un segundo las puertas se tambalearon y se abrieron.

Esperé. Desde la abertura podía ver parcialmente a través del pasillo: no había nadie a la vista. Sin dejar de presionar el botón, abrí la puerta de metal y estiré el cuello hacía el pasillo para mirar en la otra dirección.

Nadie. Ningún rastro de la chica, ninguna puerta recién cerrada, ninguna pisada, ningún tintineo de llaves.

Dejé de presionar el botón, pero esta vez no me apoyé en la pared. Permanecí firme directamente frente a donde estaría ese espacio entre las puertas, en el centro del elevador. Luego de una pausa, las puertas exteriores comenzaron a deslizarse para cerrarse, moviéndose una hacia la otra hasta que el espacio que las dividía comprendía el ancho del rostro de una chica joven.

En ese cuarto de segundo, las yemas de sus dedos aparecieron, seguidas inmediatamente por su cara de nuevo, apresurándose desde la esquina, observándome detenidamente mientras las puertas se cerraban. Había estado viendo el espacio donde yo creía ella podía estar, y así la vi. — tendría al menos trece años, nada atractiva, más bien sencilla, con un pálido semblante y el cabello castaño oscuro al largo de su cuello que, parecía despeinado o ligeramente sucio.

No tuve el tiempo suficiente para mirar más allá de su hombro y ver qué estaba vistiendo. Basado en su comportamiento me pregunté si estaba huyendo de su casa o si era una niña de la calle que se había metido al edificio. Tenía la mirada perdida, una expresión vacía, matizada con una ligera desesperación, algún deseo distante o alguna necesidad. Una expresión que fácilmente podía estar acompañada por la frase “Por favor, Ayúdame”.

La siguiente ocasión que pasé delante de la recepción, le pregunté al viejo si él había visto a una joven niña corriendo por ahí.

“Has escuchado las historias, entonces” dijo mientras se aclaraba la garganta, meciéndose levemente en su asiento. “La joven Maddy ha estado aquí desde hace mucho tiempo. Usualmente le gustan los caballeros que se hospedan aquí. Siempre ha sido tímida. Nunca dice nada, ni una sola palabra. Sólo es curiosa”

Le dije que no había escuchado ninguna historia, y que había visto a una chica tomando las escaleras y parándose delante del elevador en cada piso mientras yo bajaba.

“Esa es nuestra Maddy,” dijo. “Le gustas entonces, se siente atraída por ti. Sólo quiere mirar, eso es todo, sólo mirarte. Eso es todo lo que ella hace. Pequeña cosa curiosa. Sólo quiere mirar.”

Me hospedé tres noches en el Hotel Umbra. Era un viaje de negocios de cuatro noches, la última noche intenté dormir en mi auto. De nada ayudó.

Déjenme que les cuente sobre la Joven Maddy. Lo único que obtienes son vistazos de ella, de una cara de apariencia resignada y callada desesperación, dominada por un par de grandes y oscuros ojos. Puertas cerradas, barricadas, nada importaba; ella se metía dentro. Nunca la vi por más de medio segundo. Cada vez que posaba mis ojos en ella, se retiraba al instante, sólo para aparecer otra vez una o dos horas después. Una o dos horas después si tenía suerte.

Déjenme decirles dónde vi a la Joven Maddy.

Cada vez que cerré la puerta de mi baño, la puerta de mi habitación, la vi. Si miraba mientras la cerraba, en el último segundo posible veía su rostro moviéndose rápidamente hacía el espacio entre la puerta y la pared, si abría la puerta, no encontraba nada.

Cada vez que cerré la puerta del armario, la vi. Si veía al espacio entre las puertas, ella estaría ahí súbitamente dentro del armario, inclinando su cabeza para observarme como la cerraba. Era como si supiera donde ir, donde estar para que mi mirada encontrara la suya. Aunque nunca hubo contacto, en ningún momento tocó la puerta o la pared.

La primera vez que me senté en el escritorio, la vi. Mientras cerraba el cajón grande. Ella se apresuró dentro, al espacio dentro del cajón, sus grandes ojos rogando por algo que yo no podía darle. Halé el cajón de sus rieles y lo tiré al suelo.

Yo sí pasé la última noche en mi carro, pero como dije, no sirvió de nada. Agitándome y dando vueltas en el asiento de ese auto rentado, inclinado hacia atrás lo más posible, en ocasiones abría mis ojos y si había un lugar para que ella pudiera ir para encontrarse con mi mirada cuando los abría, lo hacía. En el espejo retrovisor o espiando sobre el capó de mi auto — una vez de cabeza, en la parte superior del parabrisas, como si estuviera en el techo.


Estoy de nuevo en Saint Paul, lo he estado por más de un año. Pero Maddy no se ha detenido. Si mantengo mis ojos abiertos el tiempo suficiente , si miro un lugar el tiempo suficiente, eventualmente ahí estará ese vistazo — cerca de la fotocopiadora en mi oficina, una pila de cajas en un callejón, una columna en un silencioso estacionamiento — y mi mirada llegará ahí justo a tiempo para encontrarse con su mirada alejándose de la mía. No hay nada ahí cuando miro, así que he dejado de mirar.

Es así como tuve que cambiar las cosas desde el Hotel Umbra. He dejado de mirar. Mantengo mis ojos cerrados cuando cierro las puertas, cuando cierro cajones, gabinetes, refrigeradores, neveras, el capó de mi auto. No en todos los espacios, solo los que son suficientemente grandes.

Al menos, eso solía servir.

Estaba preparándome para ir a la cama hace unas noches, de pie frente a mi espejo del baño, puertas cerradas, gabinetes cerrados. Observándome a mí mismo limpiando mis dientes con el hilo dental. Abrí grande para poder alcanzar mis muelas.

Juro que vi las yemas de sus dedos retirarse hacia el fondo de mi garganta.


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